No es África, no es Asia, no es el Oceano Índico; Madagascar es Madagascar. A pesar de estar situada en el Continente Negro, esta nación no tiene nada que ver con esas imágenes estereotipadas de las películas. Está poblada por descendientes de árabes, bantúes, suajilis, indonesios y malayos conformando todo un cosmos humano.
El actual estado de Madagascar es el heredero del precolonial Reino de Imerina, hoy extinto. Francia colonizó la isla en 1895 tras derrotar a la reina Ranavalona III pero nunca logró controlar del todo a una sociedad que siempre se mostró rebelde y hostil para con los ocupantes. Finalmente se independizó de París en 1960.
La convulsión política ha sido una constante en la república desde entonces y hasta la fecha, con golpes de estado, dictaduras, elecciones fraudulentas, disturbios, pronunciamientos militares y hasta peligro de guerra civil. Además, la gente es tan pobre que le toca trabajar de sol a sol por apenas cuarenta euros al mes.
Es la quinta isla más grande del mundo y primera de África. El 60% del territorio está declarado reserva o parque natural. Su naturaleza es muy poderosa: reservas de lemures, bosques de baobabs, playas tropicales, desiertos desoladores, arrozales inmensos… El 80% de la gente vive en un entorno rural y la base de su dieta es el arroz.
Existen más de veinte etnias distintas. Las lenguas oficiales son el francés y el malgache. Más de la mitad de la población es animista, el resto se compone de católicos, protestantes y mahometanos. A pesar de este batiburrillo cultural y de la sempiterna inestabilidad política el ambiente es tranquilo y la gente convive en paz.
Existe una fuerte cultura funeraria en la sociedad. Los malgaches deben realizar ceremoniales para honrar a los familiares muertos, cuyos espíritus están muy interesados en el devenir de sus parientes. Está muy asumida la idea de que nuestro paso por la Tierra es fugaz y que la verdadera vida está después de la muerte.
